Showing posts with label historias de mis dedos. Show all posts
Showing posts with label historias de mis dedos. Show all posts

17.12.12

Al desayuno.

Le parecía de maricas tener gatos. Aunque el suyo fuera negro y lo llamara Pantera, igual era muy marica para él. Descubrió su magia a los 16 años, cuando su hermana menor tuvo de regalo de cumpleaños un gato blanco, al que llamo Blanco, a secas. El gato le seguía pareciendo para maricas, y más con ese nombre tan estúpido, como siempre le peleaba a su hermana. Siempre le decía que si tuviera un gato morado, lo llamaría Morado, a lo que su hermana le respondía: Los gatos morados no existen. Sin más remedio aceptó al gato blanco de mismo nombre. Todas las mañanas, sin falta, se ubicaba al frente de él en el comedor al desayunar. Al principio le lanzaba pedazos de pan, para alejarlo de su vista (su nombre era una ofenda para él, y nunca supo por qué), pero el gato nunca los aceptó y finalmente su madre lo regaño por dejar montones de pan en el suelo cada que desayunaba. Lo asustó la actitud del gato, el quedarse siempre allí, mirándolo mientras desayunaba, y empezó a hacerlo en su cuarto, excusándose de tener afan para salir. Falló. El gato siguió acompañándolo incluso en su cuarto. Finalmente cedió, a su mamá, que ahora lo regañaba por desayunar en su cuarto, y volvió al comedor, donde otra vez el gato lo esperaba para acompañarlo. Por último tuvo que ceder al gato, que sólo estaba allí, sentado mirándolo calmadamente. Y allí se dio cuenta, era como una lección, silenciosa, sutil. Una lección de calma, de tranquilidad. Pantera lo obtuvo después de entenderlo, de ser cómplice de la paz de Blanco, y no pudo resistir tener uno propio, uno negro, para él, para que no pareciera tan marica. Llámalo Negro, le dijo su hermana, y con calma simplemente dijo, No.

30.3.12

Viernes en la tarde.

Lo menos esperado era una pelea con mamá. Después de alguna tarde borrosa y agitada, lo menos esperado era recibir un tipo de respuesta agresiva de aquella mujer que es un pilar fundamental en mi vida. Y eso es algo que aún debo aprender- lo inesperado que tiene la vida. 
Después de aquella tarde, de aquellas cosas ya esperadas estaban mi pijama y una buena cena. Y con mi pijama puesta y acercándome hacia la cocina por algo de comer, empieza la pelea con mamá. Sin razón aparente, o con alguna que ahora con descaro me atrevo a ignorar, ella me ataca. Como si la tarde que quiero olvidar no hubiese sido suficiente, mamá me ataca. Me ataca por no servir para nada, me ataca por ser inútil, me ataca por dedicarme a la docencia como si eso sirviera de algo. Sin embargo ella se las arregla para hacerlo de la manera más tranquila posible. ¿Pero cómo?, me pregunto yo. ¿Cómo lo hace, si yo siento ganas de arrancarle la cabeza por ser ella quien me ataca de esa manera? Duele, aunque quiera negarlo, duele. Duele en las entrañas, duele como si la conexión del cordón umbilical aún existiera y ella me transmitiera tanta rabia y dolor desde allí. Y sí, dejo salir mi instinto, tantos discursos sobre inteligencia emocional quedan reducidos a nada. A esa nada que mamá dice que soy. No funciono, no soy yo para pelear, para discutir, y menos con mamá. Pero ella sigue, ella sigue hiriéndome con sus tranquilas palabras. Yo, en mi desesperación sólo encuentro gritarle, gritarle como si con ello lograra espantar sus palabras, acallarlas. Porque tal vez así mamá me haría entender el porqué de sus palabras. Porque siento que atrás de todo ello se oculta algo más grande, algo totalmente ajeno a mi y mucho más cercano a ella. Alguna verdad que ella quiere esconder y que con gritos quiero ver. Y mis gritos se vuelven demasiada luz para  esa verdad, porque sí, mamá oculta algo tras la puerta, o mejor, a alguien. A un hombre, alto, muy alto, también delgado, de piel blanca y cabello claro. No logro ver cómo está vestido, pero sé que no está nada bien. Mamá me sigue hiriendo y a la vez, con su cuerpo, me comunica que ese hombre necesita ayuda, que papá, al otro lado de la cocina, no puede saberlo y que yo debo hacer algo. Me pasa algo de ropa, y de nuevo con su cuerpo, me dice que se la dé y que por favor, lo deje entrar en mi cuarto, sin que nadie, excepto las dos, lo veamos entrar. Yo entiendo, todavía herida y sorprendida, sigo gritando pero atendiendo a las órdenes de mamá. Tomo a ese hombre por sus manos, y el gentilmente se deja conducir hacia mi cuarto. Mis gritos se confunden entre lágrimas y mocos, y no paro de gritar, y  no paro de llorar, aunque ya haya llegado a mi cuarto, sostenga a un hombre totalmente desconocido en mis manos y estemos solos, los dos. Su rostro tiene una paz singular, una contagiosa pero cuestionable. No sé en qué momento, él ya utiliza la ropa que mamá me había dado antes. Yo sigo dudosa, sigo llorando y necesito respuestas. Lo empujo hacia mi cama o mejor, lo hago caer, pues mi cama es todo un refugio en el suelo. Lo hago caer o él se deja caer con una sonrisa, yo me lanzo hacia él, llorando, desesperada. Lo tomo de su pacífico rostro, como si allí encontrara alguna respuesta. Como si mamá me hubiese dicho que él sabría que decirme y que era imperativo tenerlo en mi cuarto en ese momento de mi vida. Lo tomo de su rostro, nos miramos, me sonríe con su rostro de niño grande, le pregunto entre sollozos cuál es su nombre. Él se ríe, muy inocentemente, me toma por mi rostro, como si fuera un juego al que nos invitamos a jugar, luego me toma las manos y me dice: "I see lies". Entiendo que ese no puede ser su nombre y que, al contrario, me está diciendo algo en inglés. Mentiras, eso es lo que ve. Yo me siento más tranquila. 

17.8.11

Calor.

Maldita sea, maldita todas las veces que sea necesario. Maldito calor el que hace, que no me pueden dar el maldito café como lo quiero ni seguirme la corriente en algún proyecto porque parece muy estúpido, nada factible y... yo no sé qué más babosadas dijeron. Maldita sea que no soporto este calor de la nada, pero maldita sea que no vuelvo a salir en medio de tantos escalofríos, como si cada palabra pronunciada en mi contra hubiese sido un chorro de agua de alguna manguera que llevaba toda la maldita madrugada afuera, recogiendo frío. Maldita sea que todo me duele y yo no tengo nada entonces no sé qué es lo que duele.

Y salgo a despejar las ideas pero cada carro en cada semáforo me habla, ¿maldita sea, cómo hacen eso?, y siento mucho frío, aunque el pleno sol de mediodía me golpee la frente como nunca y me joda el día. Y luego el calor, porque el frío de las palabras va desapareciendo, pero maldito calor infernal. Ahora son las ideas, esas estúpidas ideas que se cocinan en este gran horno que tiene mi nombre y mis manos, mis piernas y mis malditos lunares. Y ahora llueve, afuera y en mi cabeza. Y ahora todo me jode y no sé contar hasta diez.

Maldita sea.


[No soy yo, sólo me corto los dedos tratando de escribir en primera persona]

14.8.11

Cobarde.

Siempre que ocurre algo pienso en salir. Me dí cuenta de ello hace poco y, creo que también quise salir. Eso de salir es literal, así el lugar donde me encuentre no tenga nada que ver con lo que esté pensando pero de pronto es una manera simbólica de salir de aquellos pensamientos.

Ojalá se me ocurríera salir con ella. Eso sería mejor que salir de mis pensamientos y estarles huyendo. Ojalá se me ocurríera salir de paseo con mis compañeros de trabajo y no salir del edificio cuando programan las salidas. Ojalá se me ocurriera salir a tomar el sol en vez de salir a comprar sombrillas y gorras.

Ojalá pudiera salir de mi cuerpo y empezar a volar un poquito más. Dejar el miedo, salir a vivir y no salir del cuarto porque la vida ha entrado allí. Ya me lo decía Clara cada vez que nos veíamos, y es que no se me hace raro que llevemos años sin hablarnos. Esa manera nada sútil de huírle, de esconderme. A veces me siento miserable, un completo perdedor, pero es que ahí sí vale la pena salir para dejar esos pensamientos tan horribles.

Una vez que salí con ella, la dejé más de cinco minutos sola esperándome porque supuestamente necesitaba ir al baño. La verdad, -y cómo me arrepiento- le estaba huyendo al pensamiento de hacerla feliz. Me sentí tan poca cosa como para soñar tan grande empresa, y es que soñar implica emprender, si es que de verdad se está soñando. Hacerla feliz se me hizo imposible y le huí al pensamiento. Ahora soy un estúpido cobarde que huye cada vez que la veo con el idiota de Alberto que al parecer nunca huyó y siempre encuentra la manera de hacerla sonreír. 


10.8.11

Sin azúcar.

Si a mí me duele no entenderte, no te imaginás lo que me pesa no entenderme. A veces lo intento, pero ahí me quedo yo, en el intento, mirando el abismo y no lanzándome. Llámalo miedo si quieres, sé que algunos perdedores me llamaran valiente porque sé como jugar seguro. Creo que esa es la expresión, no sé.

A veces intento buscarme, pero verás, también me quedo en el intento. Quisiera llamarme a mí misma una Sherlock Holmes, pero hasta Arsène Lupin se reiría de mí. Es patético como me puedo quedar dormida sobre el canapé con una linterna en la mano buscando las pistas que me conducirían a mí misma. Llámalo sueño si quieres, algo me arrastra y sé que no es cansancio, pero no vengas aquí a joderme la vida y preguntarme qué es, porque yo nombres nunca supe dar. Si ya mi gato se va a jubilar conmigo y todavía no recibe un nombre decente. No recuerdo ya qué nombre le dio Cristina cuando lo llevó a vacunar al pobre, pero de seguro fue algo gracioso. Sé que te reirás cuando lo recuerde y te lo pueda contar en medio de esa charla de cuarto de siglo que nos debemos con ese café caliente sin azúcar. Para tí con todos los sobrecitos de la mesa. Detalles que nunca voy a olvidar. En algunas cosas, como en esa, me conozco a la perfección, pero es que me quedo con detallitos que no sé si a veces me hacen a mí o me hacen el día. Algún día tal vez resulte tomando un café tibio con mucho azúcar y a lo mejor me guste, entonces dejaría de ser yo, ese yo que no conozco, y carajo otra vez se pierde. ¿Recuerdas cuando me tomé mi primer tequila?, sé que lo recuerdas porque fuiste la mejor imitación de mí aquel día. Mi cara con sal y asco, con esas absurdas ganas de vomitar el alma porque no soporto el ardor de algo que no sean esas palabras que nunca grito y aprendí a pasar con agua. Coño, es que aún no comprendo como pretendes ser yo y que cuando te lo pido no tengas ni un sólo adjetivo para describirme. Me jode saber que la persona que mejor me conoce en este mundo no pueda describirme y se quede sólo en entenderme. Me jode no poder describirme y seguir buscándome en tí, y vos en mí. También te debo esta, cariño, sé que vos andás buscándote conmigo también y a veces yo ando dando vuelvas detrás de mi colita de perro. No me queda más que seguir mordiéndome la piel y, por favor que tú también lo hagas. Que me quede por lo menos el sabor de ese café que ya debe estar frío.

30.6.11

Let's play.

Qué juego tan sucio el que jugás para sacarme las verdades.
Qué sucio jugador eres que preferís esto a decirlas sin tener que jugar conmigo.

23.6.11

We've crushed everything I can see, in this morning selfishly.

Estaban aburridos. El tequila era ahora un sólo vago recuerdo en aquella botella sobre la alfombra sucia. El último cigarrillo lo fumó ella, y a él le dolió un poco haberselo ofrecido.

Estaban aburridos y con un poco de buena música y sueño, se fueron a hacerse el amor que no se sentían el uno por el otro. 

Jadearon hasta que se les acabó la noche.

Esperan no tener que repetirlo, por lo menos no sin amor.

3.2.11

En la oscuridad no se puede leer.

No tenía sueño.
Estaba decidido a acostarse en su cama aunque sus párpados no le pesaran en absoluto.
Su cama lo llamaba hoy para pensar, no para dormir.

Se acostó entonces, siguiendo su rutina nocturna como de costumbre, sin embargo hoy su destino no era el mundo de los sueños, hoy era el de la imaginación. Cerró pues sus ojos, casi apretándolos, como si de esa manera activara la fórmula mágica en su cabeza para empezar a crear escenarios. No necesitaba esforzarse tanto, y lo sabía pues actores ya tenía.

Se veía y la veía. Sí, a ella.
Le atormentaba el hecho de imaginarla en una cama. -Esta no era la escena que quería para hoy- se decía así mismo varias veces, pero su cabeza no hacía nada para impedirle seguir viendo aquella cama desconocida para él e incluso para ella.

Atormentado aún por ese pensamiento decidió pensar en sí mismo, caracterizarse, pensar sólo en él y no en ella. Pensaba entonces que él quería complacer -maldita cabeza- gruñó por un segundo. Una extraña sensación lo envolvió -quiero complacerla porque es ella quien lo pide- le dijo a esa gran oscuridad en su cuarto. Y así era. Las manos de ella, un poco inquietas, jugaban con el cabello de él, su cuello, su espalda, sus piernas. Aun con ese jean negro y camiseta blanca que impedian su paso, aquellas manos seguían jugando, pidiendo algo que la boca de ella  no podía decir por pena. Pena, aquello que él sentía también era pena. Se avergonzaba de sólo pensar que quería cumplir todos sus deseos, y recordó que fue ella quien despertó esas ganas en él con aquellas miradas en su casa. Esos ojos que ella habría deseado que se volvieran gritos pidiéndole movimientos. Él entendió ese día, pero la pena ganó. Ahora, bajo el poder de la imaginación, no veía por qué tendría que negarse esta oportunidad.

Esta vez ya no eran ojos los que viajaban por su espalda, eran las manos de ella. Él simplemente se detenía a sentir y a seguirla besando -¿por qué no?- le preguntó esta vez a la noche. La besaba sin pedirle nada, mas bien era un 'recibiendo todo'. Ella decía más de lo que habría deseado con sus manos y sus labios. Su lengua, que se paseaba entre los labios de él, le decía algo que él ahora no entendía. -Maldita sea, es mi noche, es mi cabeza, es mi imaginación, ¿y aún así no sé qué quiere ella? ¿No puedo inventalo siquiera?- pensó desesperado.

Su cabeza dio un vuelco al igual que él, que ahora se encontraba sobre ella -pero, ¿c-cómo?- y de inmediato las manos que intentaban quitarle la camiseta blanca le hicieron olvidar su pregunta. Por un momento sintió que los segundos eran más largos. En busca de sensaciones más fuertes, fijó su atención en el cuarto donde se encontraban. Era blanco, y aunque este color antes le hiciera pensar en hielo, en aquel momento no podía dejar de sentir calor. Era un blanco cálido que los envolvía a ambos en pequeños jadeos. Se fijó con más atención en las piernas de ella. En la forma como se estiraban, como se recogían a veces. De nuevo en sus manos que no sabían dónde apoyarse y que a veces querían esconderse en los bolsillos traseros de él. Se fijó en sí y en lo incómodo que se veía. Tenía una posición muy torpe, estaba realmente incómodo y no quería incomodarla a ella. Adoptó, al parecer, la primera posición que encontró y así se quedó. Sus manos, como las de ella, no sabían dónde ubicarse. Se fijó en todas esas palabras que salían del cuerpo de ella y que él no podía leer. Quería complacerla como ella quería, pero la pena lo retenía y le había quitado aquello que a los 4 años aprendió a hacer: leer.

Abrió los ojos como si aquello le sirviera para comprender las palabras y se dio cuenta que las nueve de la mañana ya marcaba el reloj de su mesita de noche.

-¿Lo soñé?- le preguntó, esta vez, a la luz en su cuarto.