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27.9.20

octubre viene otra vez

Hace un año que sentía que se acercaba Octubre y la costumbre volvía en forma de depresión para esas fechas, no podía llegar a imaginarme la avalancha de cosas que iba a empezar a sentir y vivir internamente.

Fue en el verano que algo hizo click (o se desajustó y no hizo click, más bien). Estaba sobre la moto de pasajera en el tour de comida que empezaba en Hanoi, Vietnam. Venía de dos semanas intensas en Las Filipinas, terminando mi curso de TESOL online y por alguna razón todo parecía normal. Normal viajar por el mundo. Normal tomar un tren, un avión y pagar por estas cosas que me habrían tomado eternidades pagar con el sueldo de profesora en Colombia.

Estaba en esa moto, en el caos del tráfico vietnamita y no podía creerlo. Ahí fue que hizo (o no hizo) click ese algo que me hizo dar cuenta que nada, absolutamente NADA de lo que estaba pasando lo había soñado porque simplemente jamás me había dado el permiso de soñar. Soñar sonaba bonito, soñar era algo que le decían a uno que tenía que hacer de pequeños para cuando uno fuera grande, pero yo decidí dejar de soñar porque se me hacía que eso no era para mí y que era mejor vivir sin la decepción de tener sueños sin cumplir.

Empecé a llorar. Le atribuí el sentimiento a mi SPM porque también era la fecha. Y la verdad es que no. No era sólo eso. Desde ahí empecé a no sólo llorar sino a reflexionar en esos pequeños detalles a los que no le había prestado atención desde hacía unos buenos 4 años. 

Cuando empecé mi relación con el chico Calvin me entregué al pensamiento de disque aceptar todo lo que pasaba porque así tenía que ser. Nunca le pedí más a la vida, nunca me exigí más. Empezamos a vivir juntos con menos de 200 dólares al mes y eso era suficiente. Y sí, no voy a decir que no lo era. Esa fue la época en la que más aprendí sobre mí misma y siempre hablaré del inicio de mi independencia como uno de mis mayores logros porque me cambió para siempre. 

El problema estaba en que me daba pena pedirle a la vida más. Sí, estaba cómoda con 200 dólares. Estaba cómoda viviendo en una pieza en un inquilinato. Estaba cómoda porque en el fondo pensaba que podía ser peor y no lo era, entonces estaba bien. Poco a poco me fui conformando. Me conformé con el dinero, me conformé con mi relación, me conformé conmigo misma. No le exigí más a nadie, ni a él ni a mi misma. Poco a poco me fui perdiendo. 

Entonces vivía en negación. Me hice la pendeja, mejor dicho y por todo ese tiempo me conformé con la mediocridad, con la vida a medias que vivía. Siempre quise viajar por el mundo y sentía que eso era otro sueño que se iba a volver decepción. Dejé de soñar para no vivir frustada pero irónicamente al dejar de soñar ya empiezo a vivir en frustración. Así es.

Sobre esa moto, en menos de dos minutos lloré por no haberme permitido soñar, por haberme negado una vida que claramente sí podía vivir. Estaba ahí en medio del tráfico en fucking VIETNAM. Lloré demasiado en poco tiempo y le dí gracias a la vida por semejante oportunidad. Ahí mismo, sobre esa moto me prometí soñar de nuevo. Me prometí que el próximo viaje no iba a ser uno que planeara mi esposo por su cuenta como si me tuviera que incluir (no que lo haga, pero claramente no era yo quién proponía nada porque eso era soñar, sabes?), o un viaje que planearan nuestros amigos porque ellos sí tenían en su lista de sueños el sudeste asiático y ¡hey! ¿qué tal si ustedes también van?

No, esa vez sentí desde muy el fondo de mi ser que era hora de soñar.

Y señoras y señores, le dí la bienvenida a la depresión. Una depresión que ya estaba asomándose desde Colombia pero que fui callando. Una depresión que se manifestó en el trabajo pero que se volvió una anecdota laboral y no pasó de ahí. Una depresión que gritaba para poder salir y que yo ignoré pensando que todo estaba bien. Una depresión que sobre una moto me hizo reflexionar sobre los sueños que dejé de soñar.

Hace un año que sentía que se acercaba octubre también sentí que la tristeza venía a acompañarme porque la costumbre era más fuerte que la vida que palpitaba dentro de mí. 

Y ahora que se acerca octubre siento la tristeza asomándose una vez más porque la costumbre es fuerte pero ahora no tanto como la vida que palpita dentro de mí. Una vez más le doy la bienvenida porque cada vez que viene tengo algo que aprender. Me siento más fuerte mentalmente para aceptarla. Estoy en terapia, hablo con mi psicóloga y el confinamiento me ayudó demasiado a encontrarme conmigo misma. Estoy en medio del ruido y el caos del sudeste asiático nuevamente pero esta vez estoy centrada, puedo respirar y encontrarme dentro de mí fácilmente.

Será un octubre diferente. Así lo siento esta vez.

27.5.17

Actualización.

Hoy voy a hacer una ronda de novedades, que si bien no creo tan necesario porque de todas las cuatro bloggeras que nos reuniremos a escribir he sido disque la más activa, vamos a ver qué sale de esta actualización, si de golpe me da por llorar recordando estos años o qué.

(Espero que pronto, estaremos Pez, Chesto, Delirante y Luna escribiendo sobre temas en nuestro blogs, por si se les antoja pasar y visitar. He aquí mi actualización para ellas)

Era el 2009 cuando empecé a escribir aquí y el mundo se reducía a estas cosas:

- recién me había graduado del colegio y no estaba en la universidad.
- estaba viviendo mi lesbiandad digamos que al máximo.
- creía que quería estudiar psicología y ser una buena psicóloga.
- creía estar enamorada de la Tonta.
- era amiga de Sexy.
- odiaba a mi papá.
- tenía mucho miedo del futuro.
- vivía con mis papás.
- y así... lo que recuerdo que escribía en Tengo una enfermedad mental

¿Qué ha cambiado desde entonces? Ufff pues

- entré a la universidad a estudiar la licenciatura en español y lenguas extranjeras en el segundo semestre del 2010, me enamoré rápidamente de mi carrera y por cosas de la vida me becaron en el 2012 y me gradué en el 2015. Por acá hablé sobre eso y mi falta de reconocimiento. Las ganas de estudiar psicología no se quitan, pero es más un hobbie, entendí que de manera profesional jamás lo haría. No estoy tan loca para ser psicóloga.
- desde que me gradúe entré a trabajar como profesora de inglés en un colegio cerca a Bogotá y si bien le agradezco a la vida inmensamente la oportunidad, no sólo de conseguir trabajo justo después de graduarme, y de empezar mi vida profesional "en forma", sé que en este momento no estoy nada contenta con él. No sólo extraño la academia, también odio un poco mucho cómo funciona la educación en este país, el negocio que es y en lo que me he convertido por estar en él.
- no soy lesbiana. Lo tengo claro y supongo que bisexualidad es lo más cercano que me puede describir. Después de salir de mi última relación lésbica con quien creí era la mujer de mi vida, resulté dándome la oportunidad de amar y enamorarme de un hombre. De esto hablé por acá y también sobre él, con quien tuvimos una relación desde el 2012 hasta el 2016. Sí, la relación más larga de mi vida, hasta ahora. Vivimos juntos desde el 2013 (o sea sí, ya no viví más con mis papás y hermanos). Vivimos disque en una relación abierta lo cual apoyó bastante mis ganas de besar a otras chicas (sólo besé a una por gusto) y que volviera a tener un pequeño cuento con mi ex (la Maga) cuando me gradué de la U. También apoyó la absurda idea de "no pasa nada tener algo con alguien más", lo que me hizo conocer hace un año a quien es actualmente mi novio.
- salí de casa apenas cuando cursaba sexto semestre de la universidad. Gracias a la beca no debía preocuparme por pagar mis estudios pero sí mantenerlos hasta el final. Trabajé en varias cosas random y el enfrentarme a las responsabilidades de adulto desde los 20 años me cambió bastante la vida.
- estoy en una relación a distancia con mi actual novio porque el drama en mi vida no puede faltar, pero no crean, es hermoso sentir tanto amor de y para el otro lado del mundo. También hablé de esto un poco y sé que a todo esto le debo un poco más de letras en el blog. Pero a veces por decisión propia, las letras se desvían a un correo electrónico y no acá.
- y hablando de drama, me alejé de Sexy y de todas las personas tóxicas de mi vida. Ahora más que nunca me siento absurdamente sola pero por primera vez en mi vida me tengo a mí. Y supongo que eso es ya un logro.
- no volví a hablar tanto con la Tonta y de hecho cerré su amistad desde la última vez que nos vimos después de que viviera 10 meses en EEUU. Ella, como buena dueña de su apodo, era una tonta que no hablaba y se reducía a decir pendejadas. Perdí contacto con ella y un montón de gente, sobretodo del mundo gay que también dejaron de hablarme porque tenía novio y no novia. La coherencia ante todo, eh?
- recuperé la relación con mi papá. No pasó de la noche a la mañana, pero fue uno de esos triunfos que surgieron a raíz de mi salida de la casa. Me fui en paz, la idea no era acabar la relación con mi familia ni mucho menos, pero todo funcionó porque la vida es muy rara a veces. Amo a mi papá con el alma y me alegra el corazón poder compartir con él como ahora lo hacemos.
- tengo miedo todo el tiempo, pero cada pequeña cosa que pasa a mi alrededor (por lo menos este año) me ha demostrado que jamás dejaré el miedo, porque para mí, tal vez como lección, está sobrepasarlos siempre y darme cuenta de lo que soy capaz a través de ellos.

Definitivamente lo que escribí acá no condensa los sentimientos ni aprendizajes de ocho años en el mundo bloggeril, pero es lo que puedo ofrecer por ahora, plus... ahí están mis otros post para ir mejorando la actualización. Espero leernos pronto.

Fun fact: siempre deseé que lo de Toy Story fuera real, quería que mis juguetes fueran mis amigos. Les hablaba todo el tiempo. Soy tan patética.

(Lezzoh, ¿ves? me urge tener amigos, ¡es un problema de infancia!)



19.2.17

Tabby.

Ayer quise dormir, descansar un poco y ver si de pronto, sólo tal vez el sueño volvía a ser más fuerte que yo y me despertaba doce horas después. Luego de leer un capítulo más y de cerrar los ojos más de una vez sentí que era necesario dormir, no entiendo por qué cuando ya estoy en la cama el sueño desaparece. No entiendo.

Así como tampoco entiendo por qué al cerrar los ojos y tratar de dormir la primera imagen que se vino a la cabeza fue ver a Tabby muerta en mis manos cuando la saqué de la bolsa en donde la habías metido para luego enterrarla en el hueco que hice en la tierra y me dí cuenta que tenía sangre seca en uno de sus oiditos, cuando haberla llorado por una hora no había sido suficiente y ver la sangre y sentir su cuerpo inerte me derrumbaron más y me hicieron sentir poca cosa. Miserable, si se me permite la palabra.

Ese día leí en "It feels so good when I stop." que hay días que parecen de picnic, maravillosos, pero que intuitivamente sabes que algo saldrá mal. Ese día leyendo ese párrafo (y releyéndolo, porque resonó mucho en mí) no pensé que todo fuera a salir tan mal. Tan así.

Ese día murió Tabby. Ese día murió un pedazo grande de mi amor por ti también, porque aunque ese día entendí que podía confiar en ti al 1000% pues no habría nada en el mundo que me ocultaras (ni el hecho de haber matado a mi gata), ese día no sé por qué no quise entender que estabas dispuesto a hacerme daño. Que eras capaz y si era necesario, lo harías.

Ese día mataste a Tabby y decidí, una vez más, sentirte lástima y decir pobrecito tú, "tuviste que hacerlo porque no te puedes controlar". Ese día me mataste a mí también. Pero hasta ahora me doy cuenta.

Espero estar sacándote de mi sistema de una vez por todas. Ya no quiero más imágenes como esa en mi cabeza. Y no quiero llenarme de rabia y sentir que dejé y te permití tener tanto poder en mí, que me manipularas tanto, que te permitiera matar a esa cosita hermosa que me acompañaba todo el tiempo mientras escribía mi tesis y te permitiera matar tantas cosas de mí misma. Ojalá no me hayas jodido tanto la vida. Y ahora tengo miedo.

20.1.16

Silence.

"It was a sense that reality was thin. I think it is thin, you know, thin as lake ice after a thaw, and we fill our lives with noise and light and motion to hide that thinness from ourselves." Bag of Bones, Stephen King. 



Calvin y yo decidimos para fin de año viajar a Villeta, Cundinamarca, un pueblo a 80 kms de Bogotá, aproximadamente. En bicicleta. Este es mi relato que tratará de contar esa experiencia que espero, nunca, olvidar. El sentido de la vida, la muerte y lo que somos como humanos se distorsionó, dejo de ser y volvió. Fue como drogarnos, pero sin drogas.

Aunque él quería viajar de noche, logré convencerlo de que ver la carretera a plena luz de día sería mucho más genial. Logré también convencerlo porque le dije que de todas maneras podríamos salir de madrugada y así tener un poco de oscuridad en la carretera por un rato. Nada de eso pasó, pues nunca escuchamos la alarma y nos levantamos cuando el sol empezaba a salir. De todas maneras decidimos salir, y el viaje empezó desde nuestra casa a las 7:30 am. Vivimos cerca de la salida de Bogotá por la Calle 80, así que estar en la carretera nos tomó apenas unos 20 o 30 minutos.

Personalmente, para el kilometro 15 ya me sentía cansada, y me frustré cuando nos dimos cuenta que mi llanta trasera estaba frenada. Más adelante pudimos arreglarla en una bicicleteria y el camino siguió abierto para nosotros. Ese camino nos llevaba al Alto del Vino, un punto muy concurrido para ciclistas. Ellos subían con sus bicicletas de ruta y su pinta pro al lado de nosotros y unos que otros nos daban aliento para seguir adelante (a mí se me notaba lo leeenta) porque sí, desde el kilómetro 18, la ruta empezó a ser de subida.


Llegamos al Alto con un sentido de victoria, sabiendo aún cuán lejos estabamos de nuestra meta. El problema de no conocer la ruta nos hizo detenernos demasiado en lugares que pudimos evitar para acercarnos más a nuestro destino. En fin, el no saber esto nos habría ayudado a meterle toda la ficha a la subida hasta el Alto, pues lo que venía después de eso no lo esperábamos tan pronto. Desde allí el viaje fue en bajada y perfectamente cuatro o cinco kilómetros los recorríamos en dos-tres minutos. Ahí también supimos lo que se vendría cuando nos tuviéramos que devolver. Madre de dios.

Llegamos a La Vega a las 11 am y el calor se empezó a hacer insoportable. Sabíamos que el sol de mediodía sería jodido, y aún así decidimos continuar. Una vez comenzado el viaje, no queríamos parar. Así que seguimos, confiados de que los 27 kms que nos faltaban se pasarían volando. No fue así. El camino no fue de bajada, fueron varios trayectos de subida y el esfuerzo y el calor de la zona cobraron su cuota en mí. Me desesperé porque sentía que no avanzaba, que me estancaba en cada kilómetro, que el calor no me dejaba mover. Sentí el inicio de alguna alucinación. Luego, cuando vi que faltaban 2kms para llegar me sentí desfallecer. 

¿Dos, todavía faltan dos? Lo increíble de sentirme derrotada no era sentir que mi cuerpo no podía subir, porque de hecho después del kilómetro 20 empecé a mejorar. Lo increíble era sentir como mi mente me decía millones de cosas, me hacía sentir sola -y estaba sola, porque Calvin avanzó mucho más que yo y en alguna curva me dejó atrás- y me hacía desvariar. Pensé demasiadas estupideces y tuve que parar, sentí inmensas ganas de llorar y me descargué en plena carretera. Lloré porque sí, porque mi mente se cansó de sentir el esfuerzo y no ver la recompensa. Lloré porque sentí que nada valía la pena, y lloré más cuando me di cuenta de lo tonta que estaba siendo, de lo putamente orgullosa que me podía sentir porque en el suelo ahora marcaba 77+00kms así que ya había viajado todo eso como para sentirme tan miserable.

En realidad paré dos veces a llorar hasta que finalmente recobré el sentido, pedalée como pude y me encontré con Calvin que me esperaba a lo lejos, preocupado por mí. Lloré junto a él y le dije lo loca que me sentía... bastaron unas cuantas curvas y allí estabamos. Habíamos llegado a Villeta.


Llegamos a las 2 pm y lo demás fue delicia. Piscina, descanso y mucho sol. Nos tomó siete horas este viaje, cuatro horas pedaleando full y tres horas pendejeando, tal vez. Al final, sentimos una victoria increíble. Dejé mi cámara en una tienda de ropa, así que gracias a ese detalle para recuperarla nos quedamos un día más de lo planeado y empezamos nuestro viaje de regreso el 2 de enero a las 5:30 pm. Esta vez sí ibamos a viajar de noche y creíamos que para eso de la 1 am estaríamos en Bogotá. Lo que no creíamos es que tardaríamos 15 horas y que estaríamos de regreso en nuestra casa hasta el 3 de enero a las 8:00 am, lo cual sí pasó.

Para mí el viaje de regreso fue mucho más fácil físicamente, aunque fue de subida todo el tiempo hasta volver al Alto del Vino y bajar. Lo que hizo este viaje único fue la magia y el horror de estar en carretera en la noche y la madrugada. Sin luz de ningún tipo (excepto nuestras luces de la bicicleta y los ocasionales carros que pasaban), sin música, sin nada. Sólo las ganas de volver a casa a descansar.

Aún estabamos cuerdos cuando llegamos a La Vega a las 9 pm. Tomamos algo, nos divertimos y regresamos a la carretera. El letrero de salida de La Vega decía clarito BOGOTÁ 54 KM y sentíamos un escalofrío de emoción y nervios. Luego fueron sólo nervios cuando la luz más fuerte delantera que tenía Calvin se descargó. Estuvimos quietos por unos 40 minutos hasta que hicimos unos cambios y conseguimos otra luz para él. En ese momento era medianoche y no había manera de que estuvieramos en Bogotá a la 1, esa idea ya había muerto ahí, y saber que faltaba una luz para el viaje me hizo sentir miedo. ¿Y si tenemos que quedarnos aquí, hasta que salga el sol? Creo que en ningún momento tuve miedo de que pasara un carro y nos matara, un camión o algo. Daba más miedo saber que estaríamos solos, en medio de la nada. Era genial, no debo mentir, pero aterrorizaba porque como persona "normal", me he acostumbrado a distraerme de mi misma, a distraerme de lo que es y lo que soy. A escuchar música y no pensar, no estar sola con mi propia mente. Él y yo nos sentíamos igual, pero ninguno diría nada porque sentiamos que si uno caía, el otro caería también y creo que estábamos tratando de mantenernos lo más sensatos posibles.

Nuevamente, el cuerpo no dolía, dolía no llegar, no ver que los kilómetros en el suelo disminuyeran. Dabas vueltas, y vueltas, un giro a la derecha, otro a la izquierda, sigues subiendo, y sigues en los mismos 40kms en el suelo. Nuestra mente no aguantaba. Sentiamos ganas de botar todo y lanzarnos al vacío. Abandonarlo todo como si nada tuviera sentido, ni siquiera nuestra propia vida. En algún punto pensé que morir no importaba, ¿qué sentido tenía la vida si igual vas a morir? Pero tenerlo a él, junto a mí fue un salvavidas. Sentir que tu vida no vale nada pero que ese otro que está junto a ti vale mucho, sentir que abandonarte es abandonarlo, fue algo que no me permití. Seguimos, seguimos, caminábamos de vez en cuando (a ese punto lo único que dolía era el culo) y seguimos.

Motivation with bear

Ahora, que si necesitábamos motivación, nos cruzamos con un perro de alguna casita junto a la carretera que resultó estar suelto y nos corrió detrás unos cuantos metros. De no ser por un carro que pasó y lo asustó, no sé qué habría sido de nosotros en ese momento. Fue el momento de terror y luego de carcajada que nos dio el viaje a eso de las 3am. Luego, a las 3:30 am vimos el primer letrero que decía El Vino, lo cuál nos daba esperanzas de encontrarnos con el Alto any time soon. A las 4 am vimos las primeras luces y personas despiertas en alguna tienda de El Vino y tomamos una bebida energizante para seguir. Que alegría saber que estábamos tan cerca.

Sin embargo, lo peor es llenarse de esperanza. Sentir que estábamos cerca cuando en realidad nos faltaban unos 8kms de subida fue tremendamente agotador, frustante y nos rayó más mentalmente. ¿Dónde quedaba ese puto Alto? Nuevamente seguíamos girando, derecha, izquierda, izquierda, derecha, y cada giro estaba lleno de ilusión por creer que al final del camino, ahí estaría ese gran letrero que diría ALTO EL VINO, BOGOTÁ 25 KMS. Caminamos un montón porque las piernas ya resentían las 10 horas de viaje en subida. Hasta que por fin, llegamos. ¿Que por qué tan ilusionados de llegar al Alto? Porque sabíamos que allí el viaje sería de bajada y luego plano, todo plano, todo cerca a Bogotá.


¡Llegamos! Llegamos justo cuando empezó a amanecer, no sé la hora, ya no importaba entonces. Era como si la vida hubiese cobrado sentido nuevamente, ¡y qué vista la que nos daba el Alto de ese amanecer! Tuve un mix de varias emociones. Durante muchas horas me sentí frustrada, enojada, feliz y dichosa de estar viajando. Cuando llegué al Alto sentí todo al mismo tiempo y no sabía sí reir o llorar. Tenía ganas de llorar, pero el cuerpo no reaccionaba, sólo servía para pedalear. Calvin y yo nos abrazamos y se sentía el miedo, el miedo de no lograrlo, de dejarnos llevar por la locura, de matarnos en la carretera porque alguna voz nos lo decía. Fue sentir que habíamos sobrevivido. Y por fin recibía mi pequeña recompensa, estaba cerca a Bogotá y esos últimos kilómetros parecían pan comido. 

Podría decir que fueron pan comido, pero se hicieron eternos. Sentir la cercanía de mi cama me dio sueño, tenía miedo de dormir mientras pedaleaba pues las pocas veces que nos deteníamos me quedaba dormida hablando con Calvin. Pero llegamos, aunque la frustración siguiera presente, era como si la mente peleara con lo que era, ¿por qué si pedaleo y pedaleo no avanzo, no estoy ya allá? Una pelea estúpida pero necesaria, porque creo que nunca en mi vida había sentido tanto y me había llevado al extremo. Sentí lo frágil que soy, me sentí una con todos los árboles y plantas que habían a mi alrededor y sentí lo fácil que podía convertirme en polvo. Un polvo que podría volar por todas partes. Sentí lo grande que soy y todas las posibilidades alrederor. Para mí quedó claro que el silencio habló más que el constante ruido con el que me rodeo todo el tiempo y entendí esa necesidad de vivir escondiendo el silencio. Qué miedo le tengo a la verdad, a la fragilidad, a la muerte, a la vida, a la idea que me he vendido de la "realidad". Sentí que todo lo que sabía no servía para nada, que no era importante y que en realidad, así es. Nada es tan importante. Nada.

Debo decir que nunca me había sentido tan viva. ¡Qué excelente manera de empezar un año nuevo!

18.12.15

Es justo y putamente necesario.

Cuando decidí abrirle mi corazón a Sexy y ella decidió decirme barrabosadas por teléfono y en el aeropuerto de Bogotá, recuerdo que ya iba preparada a decirle adiós. Creo que ver a mi mamá sufrir inútilmente por mi papá me enseñó que no hay nada más patético que saber que las cosas no van a cambiar y aún así mantenerse ahí, para darle fuerza al rencor y la amargura.

No, yo no quería que Sexy jugara conmigo y me dijera cuantas cosas quisiera. Sabía desde entonces que yo no quería una relación basada en eso, mucho menos en el miedo porque god, sentía mucho miedo de Sexy. En fin, cuando aguanté sentirme humillada allá le entregué un papelito que decía estas líneas de una canción: "And then there's that saying that if you love something you have got to set it free..." y algo así como que la acompañaba a tomar el avión con la confianza de que también volaría junto con el amor que le tenía (y miedo) y que no quería volver a verla, ni volver a hablarle en su regreso a Bogotá. Ese era mi adiós definitivo. Claramente no le escribí el resto de la canción de The Jealous Girlfriends que va así:

"... but if it comes back then you are just
you're as broke as can be"

Por supueeesto que para aquella época creí la última parte y me volví mierda a su regreso. Pero ese no es el punto. El punto es que desde aquel día entendí que, si realmente amas algo, debes dejarlo ser libre. A Sexy no la dejé ser libre, porque todo lo que pensé que sentía por ella era amor, y pues no. Cada vez que veo ese tipo de frases no dejo de pensar en ella y en lo mucho que aprendí sobre lo que es el Amor, el Miedo y el Apego. Por lo menos mi experiencia personal de ello.

Este año también lo aprendí, y no fue fácil pero sí muy satisfactorio. Valieron todas las lágrimas a pesar de que venían de un lugar en donde me sentí la víctima, pobrecita yo. Este año lo estoy aprendiendo con mi novio, con el que ya cumplo tres años y medio de noviazgo. Este año cuando sentí que el mundo se me venía abajo con tesis y novio interesado en otra, entendí que estaba en un lugar que se podría llamar todo menos Amor. Y creo que sentir que no estás amando a la persona que crees amar, pues sí, duele, te desubica. Sobretodo por aquellas creencias con las que hemos (he) crecido, "si duele, es Amor puro, es porque de verdad l@ quieres" como si fuera No pain, no gain o alguna mierda así. 

Y nuevamente llegué a ese lugar donde no lo entiendo realmente, sólo lo siento real. Siento lo que es amarlo desde este lugar de libertad, donde no soy su propiedad y él no es mío. Porque sí, fue una lección de parte y parte. No fue fácil para él verme partir hacia la Maga, no fue fácil sentir ese miedo, pero gracias a esa experiencia aprendimos a vivir en esa libertad. Y sé que no se trata de hablar con tu pareja y decirle: "HEY, VIVAMOS UNA RELACIÓN ABIERTA, NO EXCLUSIVA, SEAMOS POLIAMOROSOS, BLA, BLA, BLA". Se trata de mirar hacia adentro y revisar bajo qué creencias estamos viviendo nuestras relaciones (sí, todas, mamá, papá, hermanos, abuelos, novios, novias, mozos), qué nos limita a sentir que el amor que siento por X o Y persona no tiene absolutamente nada que ver con esa persona, sino que es mi experiencia personal que puedo vivir independientemente de la existencia o coexitencia del otro.

A veces creo que el problema es olvidar que somor Amor. Que no hay nada que yo no pueda experimentar del Amor si ese otro no está. ¡Pero claro que sí! Y ese nuevo sentir también me ha ayudado a soltar a la Maga. A amarla de verdad para dejarla ir, por fin. Es justo y putamente necesario. 

5.1.15

Ayer fuimos al mercado de las pulgas.

Es una maravilla cuando empiezas a ver el valor que tienen las cosas, no importa incluso si aprendiste su valor cuando ya no las tuviste cerca. Yo, por ejemplo, aprendí a valorar mis fines de semana. 

Desde abril del 2014 empecé a trabajar en un lugar de retail sábados, domingos y festivos, sí, aquellos días de la semana dedicados a descansar fueron mis días de trabajo. Claro, al inicio fue difícil. Me dolían las piernas porque no estaba para nada acostumbrada a estar tanto tiempo de pie, y llegaba a casa los domingos cansadísima deseando dormir hasta el siguiente fin de semana. Pero nunca fue así. Tuve que aprender a equilibrar tanto tiempo libre entre semana, durante la universidad y su ajetreo. Tuve que aprender a dejar que el fin de semana pasara, a no estresarme tanto y a llegar los domingos a terminar trabajos para, claro, el lunes siguiente. (Me cuesta aún organizar b-i-e-n mi tiempo)

De todas formas pasó el primer semestre del año y el siguiente fue mucho más ligero, me divertí más en el trabajo aunque se volviera un poco una tortura por la llegada de nuevos jefes. En fin, ahora que tuve la oportunidad de renunciar para empezar a trabajar en mi verdadero campo laboral (soy profesora de inglés, yeah!) tuve mi primer fin de semana libre.

Sí, tuve mi primer fin de semana libre (l-i-b-r-e) en nueve meses, y tuve que disfrutarlo. Tenía muchas ganas de ir al mercado de las pulgas y ayer fuimos, no sin antes hacer un recorrido en la ciclovía por rutas que no conocía (shame on me) y conociendo un nuevo lugar de donuts en Bogotá, Krispy Kreme. Son deliciosas, caí en sus redes. 

En fin, ayer fuimos al mercado de las pulgas y hubo tantas cosas que nos recordaron nuestra infancia, demasiadas, incluso no esas tan obvias como awww mira a Mufasa! o algo así. Chico Calvin por ejemplo encontró un carrito del tamaño de un borrador con el que él recordó que jugaba cuando era pequeño, que podía desarmar, quitarle las rueditas (me lo mostró como tres veces de lo maravillado que estaba) y sin más, lo alegró mucho.

Después de esa visita le encuentro valor a mis fines de semana, pero también a mi adultez. Sé que mi infancia es una de mis mejores etapas de la vida, pero sé que niña no soy. No del todo. Soy grande, pienso un poco más que cuando era peque, y en definitiva a veces me cuesta imaginar que una escoba es un caballo para galopar. Aún así, me quiero dar el lujo de valorar mi adultez, esta étapa de libertad, donde no dependo de mis padres para salir segura a la calle, donde puedo elegir que la escoba sea más que un caballo, y tal vez se convierta en una nave interespacial YWZ7000, donde puedo permitirme soñar y aparte, cumplir mis sueños.

No quiero valorar mi adultez cuando ya se haya ido y sea muy tarde, porque sé que esa es mi historia con mi infancia. Yo también la valoré cuando ya no la tuve, por querer correr a ser grande. El 2015 empieza con mis mayores responsabilidades como adulta, y pienso disfrutar el recorrido. ¡Venga, 2015, voy a por ti!

(estoy viendo videos españoletes y coño que se me han quedado cosas, joder)

24.7.14

Le temps passe et personne m'écoute

A mí no me gusta hablar, aunque pareciera que miento. A mí no me gusta hablar. Si alguien realmente escuchara lo que digo, muy poco se trata de mí, de lo que siento, de cuánto esto o aquello me puede afectar. No me gusta que opinen, que critiquen, que me apoyen, siquiera, por eso no digo nada. Me he dado cuenta que a quienes adoro y considero mis grandes amigos no me han escuchado realmente porque no les he hablado. He escuchado un montón, soy yo la que opina, la que critica o la que apoya y así le temps passe et personne m'écoute. Es como si lo planeara y sí funciona. Muchas veces pasa que discuto con él, y pues él es el único que sí quiere escuchar y ahí es cuando me quiebra en varios pedacitos porque ignoro totalmente que es lo que quiero o lo que quisiera decir. 

En ocasiones las discusiones terminan en gritos y nadie quiere seguir porque se vuelve una perdedera de tiempo y al final las partes ignoran por qué tanta gritadera y tanta vaina. Es más, gritar se vuelve una excelente manera de defenderse. Podés gritar: CONCHA 'E TU MADRE y la verdad estás diciendo: "No te metas conmigo, no trates de abrir esta puerta porque no lo toleraré, porque no lo quiero aceptar y porque prefiero las cosas como están" Y entonces aquí es cuando cala lo último que descubrí de mamá. 

En mi casa* no se habla y mucho menos en discusiones. Nunca nadie abrió esa puerta y yo aprendí lo mismo. Ahora cuando él me pide que hable, por dentro me muero; muchas mini-yo se desatan en una batalla tratando de encontrar respuestas. La puerta para hablar definitivamente no se ha abierto. Ahora que él me interroga y yo caigo en cuenta de esto, pienso que llegó el momento de actuar. Lo de hoy me ha parecido una revelación porque a decir verdad llevo bastante tiempo tratando de encontrar patrones de conducta que me conducen a ser como mamá y como papá, para evitar seguir repitiéndolos. Al menos esto ya puede cambiar.

*casa de mis padres.