17.12.12

Al desayuno.

Le parecía de maricas tener gatos. Aunque el suyo fuera negro y lo llamara Pantera, igual era muy marica para él. Descubrió su magia a los 16 años, cuando su hermana menor tuvo de regalo de cumpleaños un gato blanco, al que llamo Blanco, a secas. El gato le seguía pareciendo para maricas, y más con ese nombre tan estúpido, como siempre le peleaba a su hermana. Siempre le decía que si tuviera un gato morado, lo llamaría Morado, a lo que su hermana le respondía: Los gatos morados no existen. Sin más remedio aceptó al gato blanco de mismo nombre. Todas las mañanas, sin falta, se ubicaba al frente de él en el comedor al desayunar. Al principio le lanzaba pedazos de pan, para alejarlo de su vista (su nombre era una ofenda para él, y nunca supo por qué), pero el gato nunca los aceptó y finalmente su madre lo regaño por dejar montones de pan en el suelo cada que desayunaba. Lo asustó la actitud del gato, el quedarse siempre allí, mirándolo mientras desayunaba, y empezó a hacerlo en su cuarto, excusándose de tener afan para salir. Falló. El gato siguió acompañándolo incluso en su cuarto. Finalmente cedió, a su mamá, que ahora lo regañaba por desayunar en su cuarto, y volvió al comedor, donde otra vez el gato lo esperaba para acompañarlo. Por último tuvo que ceder al gato, que sólo estaba allí, sentado mirándolo calmadamente. Y allí se dio cuenta, era como una lección, silenciosa, sutil. Una lección de calma, de tranquilidad. Pantera lo obtuvo después de entenderlo, de ser cómplice de la paz de Blanco, y no pudo resistir tener uno propio, uno negro, para él, para que no pareciera tan marica. Llámalo Negro, le dijo su hermana, y con calma simplemente dijo, No.

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