3.8.26

La ironía del litio.

Wat Pho, Tailandia. 2025

Hace un año, antes de empezar el año escolar, justo el 30 o 31 de julio, los resultados de litio en mi sangre seguían bajos y demostraban que no había llegado aún al rango terapéutico. ¿Llevaba entonces dos meses y medio tomando unas pastillas que no servían para nada? ¿que no me iban a hacer nada. Ya estaba cansada de las rutinarias pruebas de sangre semanales y solo quería una respuesta que dijera que el litio funcionaba. 

Fue solo cuando volví al trabajo que sentí por primera vez el efecto del medicamento. La casi neurótica, obsesionada por el orden, obsesionada por saber qué iba a pasar dos semanas por adelantado para estar "preparada", esa que siempre fui, ya no estaba. En su lugar estaba alguien que pensaba muy lento, que le costaba entender lo que se estaba diciendo y lo que se tenía que hacer con esa información. 

Empecé a comparar ese yo con un yo de los años pasados. "Hace un año, con esta información yo estaría haciendo esto, y lo otro, y aquello"... lo sabía, y sin embargo había un peso encima mío que no me dejaba actuar así. Entonces empezó la crisis de identidad. ¿Mi yo que todo lo calcula y todo lo organiza no soy realmente yo? ¿Ha sido parte de esta enfermedad que me habita y me hace ser así? ¿entonces quién soy sin esa identidad?

Lo que más recuerdo del año pasado fue pasar muchos días de agosto llorando. Sintiéndome un bicho raro, no hallándome en mi propia cabeza. Después llegó septiembre y si necesitaba confirmar qué tan fuertes son mis ciclos de depresión, el litio los hizo supremamente explícitos. Me hundí en la oscuridad que se me es familiar y ahí estuve hasta diciembre. 

Finalmente llegó el desespero, el querer tener otra opinión médica, una que finalmente confirmó que yo no debía haber tomado todo ese litio porque claramente demostraba que no era para mí. Y le dije adiós al litio a mediados de diciembre, y el nuevo medicamento acompañado de otro antidepresivo se sintieron bien. Como era de esperarse también, porque el ciclo es así, para enero ya me sentía mejor de mi depresión e iba saliendo poco a poco de él. Pensé, naturalmente, que una vez con el litio afuera iba a volver a ser yo. O a ser esa yo que tenía antes. 

Y la ironía del litio es que se quedó para mostrarme que había una real obsesión por la perfección, por el orden, por el saberlo todo con anticipación. El litio se fue pero me dejó el sentirme libre de pequeñas cosas que sólo me estresaban, como la luz azul del humidificador en el cuarto, que sentía que tenía que tapar todas las noches o no iba a poder dormir. Ahora eso, y otras cosas no me importan en absoluto. Incluso el miedo que tenía de no ser una empleada perfecta se esfumó porque por primera vez sólo importé yo y mi salud mental. Y desde entonces también el ser una buena hija, y una buena hermana... porque todo eso estaba ahí hasta que el litio llegó y lo desboronó. 

Por un tiempo maldije todo el tiempo que se gastó en ese medicamento, en las pruebas de sangre, en un verano que se sintió raro estando en "casa". Pero si no hubiera sido por ello, no hubiera hecho yoga más seguido, al punto de mantener la práctica por más tiempo y ver resultados. Tal vez no me hubiera interesado ir a un curso de yoga este año. Pero el litio llegó, no era para mí pero irónicamente sí me ayudó.

Ubud, Bali. 2026

30.7.26

Never enough.

Me fui a Bali porque no quería ir a Colombia. Repito, me fui a la antípoda literal de Colombia (Indonesia) para no ir a mi país. Y como recalcó mi psicóloga: no fue el curso de yoga primero el que me hizo tomar la decisión, fue el no querer ir a Bogotá el que trajo una alternativa diferente, en este caso - yoga. 

Me costó mucho tomar la decisión y no estaba tan segura de haber hecho lo correcto. ¿Y si empeoro la relación con mi familia por eso? ¿y si me odian?, pero en menos de cuatro días, tal vez en medio de tantas reflexiones impulsadas por la soledad en mi habitación, me di cuenta de algo que hace mucho había olvidado: Yo nunca, jamás, seré suficiente para mi familia. Y esta idea no llego con dolor, no me dieron ganas de llorar, no sentí tristeza. Al contrario, por primera vez sentí mucha paz. 

Yo nunca voy a ser suficiente para ellos. Yo no quiero ser suficiente para ellos. No me importa ser una mala hija, ni una mala hermana, una mala tía, una mala prima. El problema no está en mi y jamás lo ha estado. Ha sido en los parámetros y en las expectativas con las que se mide mi supuesto valor. ¿Qué me hace una buena hija?, peor aún ¿qué más tengo que hacer para ser una buena hija, hermana, sobrina, tía? ¿No he hecho ya suficiente? - y ese es el punto: me vine a Bali porque mentalmente ya estaba drenada con estas preguntas. A veces quisiera callar mi mente de tanto ruido, de tanta estúpida reflexión pero no puedo, no importa cuánto trate, simplemente no puedo. Pero Bali me brindó un respiro y le tomó cuatro días para ofrecerme una respuesta que trajo confort, especialmente cuando la culpa sin sentido me estaba incomodando.  

Yo nunca voy a ser suficiente para ellos. Yo quiero ser suficiente para mí. Quiero estar en paz con las decisiones que yo tome, no con lo que la gente piense de mis decisiones. Yo quiero crear mis propios parámetros de lo que quiero lograr, no quiero encajar en una versión ni en una expectativa de gente que ni siquiera me conoce y ni hace el esfuerzo por conocerme. 

Bali llegó a recordarme que el valor nunca estuvo afuera y mucho menos en mi familia. He dado más de lo que puedo creyendo que ahí voy a encontrarme. Han pasado los años y sigue siendo una ilusión. I am never enough to them... y está bien. No creo que tenga que cambiar, no creo que vaya a cambiar, porque si para cambiar tiene que ajustarse a sus parámetros y criterios pues no quiero. No soy yo bajo esas ideas. Me pedirían ser una hermana, hija, tía, sobrina que no soy y no estoy aquí como para no ser yo, cualquier cosa que eso signifique. No tengo miedo en seguir explorando las opciones. 

SANTOSH