Hace un año, antes de empezar el año escolar, justo el 30 o 31 de julio, los resultados de litio en mi sangre seguían bajos y demostraban que no había llegado aún al rango terapéutico. ¿Llevaba entonces dos meses y medio tomando unas pastillas que no servían para nada, que no me iban a hacer nada?. Ya estaba cansada de las rutinarias pruebas de sangre semanales y solo quería una respuesta que dijera que el litio funcionaba.
Fue solo cuando volví al trabajo que sentí por primera vez el efecto del medicamento. La casi neurótica, obsesionada por el orden, obsesionada por saber qué iba a pasar dos semanas por adelantado para estar "preparada", esa que siempre fui, ya no estaba. En su lugar estaba alguien que pensaba muy lento, que le costaba entender lo que se estaba diciendo y lo que se tenía que hacer con esa información.
Empecé a comparar ese yo con un yo de los años pasados. "Hace un año, con esta información yo estaría haciendo esto, y lo otro, y aquello"... lo sabía, y sin embargo había un peso encima mío que no me dejaba actuar así. Entonces empezó la crisis de identidad. ¿Mi yo que todo lo calcula y todo lo organiza no soy realmente yo? ¿Ha sido parte de esta enfermedad que me habita y me hace ser así? ¿entonces quién soy sin esa identidad?
Lo que más recuerdo del año pasado fue pasar muchos días de agosto llorando. Sintiéndome un bicho raro, no hallándome en mi propia cabeza. El litio estaba haciendo que las tareas que yo antes creía importantes se volvieran secundarias. El vivir sin ese afán constante de hacer las cosas incluso antes de que me las pidieran no solo me preocupaba, sino que me extrañaba. ¿Quiero estar estresada y sintiendo afán por todo? ¿Me siento desubicada porque mi cabeza no va a mil por hora si no que va lento y esta dando prioridad a otras cosas? La terapia con mi psicóloga en esa época fue fundamental porque creo que me hubiera enloquecido más en mis pensamientos sintiendo que yo ya no era yo. Después llegó septiembre y si necesitaba confirmar qué tan fuertes son mis ciclos de depresión, el litio los hizo supremamente explícitos. Me hundí en la oscuridad que se me es familiar y ahí estuve hasta diciembre. La combinación de "no ser yo" y estar deprimida fue un cóctel que no esperaba para nada. Le había dado toda mi fe a este medicamento y sólo quedaba frustración.
Finalmente llegó el desespero, el querer tener otra opinión médica, una que finalmente confirmó que yo no debía haber tomado todo ese litio porque claramente demostraba que no era para mí. Y le dije adiós al litio a mediados de diciembre, y el nuevo medicamento acompañado de otro antidepresivo se sintieron bien. Como era de esperarse también, porque el ciclo es así, para enero ya me sentía mejor de mi depresión e iba saliendo poco a poco de él. Pensé, naturalmente, que una vez con el litio afuera iba a volver a ser yo. O a ser esa yo que tenía antes.
Y la ironía del litio es que se quedó su sensación para mostrarme que había una real obsesión por la perfección, por el orden, por el saberlo todo con anticipación. Dentro de mí, muy profundo había aún una ansiedad que me hacía sentir que si no hacía las cosas bien, todo se iba a ir a la mierda. Absolutamente todo. Que tenía que esforzarme 24/7 sin parar o el mundo (no sé cuál) se iba a detener e iba a entrar en caos. Pero cuando el litio me forzó a parar el ruido interno, cuando me ralentizo, me dio un chance que jamás, nunca nada antes me había dado. Me mostró que el mundo no se acaba, que todo sigue si voy lento, que no tengo porque correr si igual voy a llegar a donde tengo que llegar, que mi ansiedad no tenía fundamento (pero seguro tiene una raíz). El litio se fue pero me dejó el sentirme libre de pequeñas cosas que sólo me estresaban y le agregaban un sin sentido a mi vida, como la luz azul del humidificador en el cuarto, que sentía que tenía que tapar todas las noches o no iba a poder dormir. Ahora eso, y otras grandes y pequeñas cosas no me importan tanto o en absoluto como antes. Incluso el miedo que tenía de no ser una empleada perfecta se esfumó porque por primera vez me di cuenta que todo lo que estaba haciendo ya era más que suficiente. Que hacer más era ridículo e incluso era una forma más de castigarme.
Maldije todo el tiempo que se gastó en ese medicamento, en las pruebas de sangre, en un verano que se sintió raro estando en "casa" y no paseando. Pero si no hubiera sido por ello, no hubiera hecho yoga más seguido, al punto de mantener la práctica por más tiempo y ver resultados. Tal vez tampoco me hubiera interesado ir a un curso de yoga este año. Pero el litio llegó, no era para mí pero irónicamente sí me ayudó y muchas cosas no van a volver a ser las mismas gracias a él.