16.4.12

Cinco.


5

A su mamá le pesó la conciencia el no haber asistido al primer grito que le escuchó a su hija. Aunque no fuera algo importante, no quería ningún reclamo por lo que pudiera parecer una falta de interés, que realmente escondía mucho miedo de su parte. Ella debía confesar que se tenía más miedo que el que le tenía a su hija. Se veía reflejada en ella, ese era su problema.

Aún en el baño, reconociendo lo que sentía en ese momento, como la comezón disminuía, el miedo se asomaba. No quería resultar siendo invisible, y llegar a una exposición para que todos corrieran al escuchar la voz y no ver el cuerpo. Pero más que eso, el miedo se asomaba con la usual pregunta de qué hacer en libertad. No sabía si Carlos se habría convertido entonces en su carcelero, que con o sin intención había liberado al mundo. Ya no le importaba, lo que le preocupaba era saber a qué mundo estaba siendo liberada. Necesitaba un cambio, eso lo tenía clarísimo y siempre se decía a sí misma que lo haría al iniciar la semana. ¿Pero qué haces cuando ese lunes de tu vida llega? Sabía que, de cierta manera era un nuevo comienzo y que a lo mejor podía ir reconstruyendo su imagen. Esa, que sólo ella podía ver, la que no sólo había perdido frente al espejo, sino dentro de sí misma. Acostumbrada a ver siempre lo mismo de lo mismo deseando probar la vida de otra manera. Esta vez la invitación había llegado sin reflejo.

 Salió del baño, y allí se encontró con su madre, que la miraba con su habitual miedo y le preguntaba sobre el grito. Le respondió que tenía jabón en los ojos, lo torpe que se sentía en la mañana había provocado tan curioso accidente y la había hecho gritar de dolor. Le dijo que no se preocupara, que estaba bien, dispuesta a empezar de cero. Su mamá no entendió la relación del jabón con un nuevo comienzo, y para ser sinceros, ella tampoco, pero hizo como que sí, se dirigió a su cuarto por sus cosas y salió corriendo.

No llevaba reloj ni protector solar. Golpeaba fuertemente en su cara ese sol de verano. Verano que ayer era invierno y la jodía a ella con esa lluvia intermitente. Nunca se sabía el clima en la ciudad y pocas veces se preparaba ella para él. Dejó a un lado los insultos y simplemente protegió su cara contra los fuertes rayos mientras caminaba a la estación de bus, que quedaba al final de la calle de su casa. Repasaba mentalmente el tema de la exposición que poco conocía porque no había leído nada de lo que el profesor recomendó (y que de seguro sólo aceptaría) y fue pensando en lo mucho que había leído en la biblioteca sobre el tema. Se fue un poco por las ramas y recordó los fogosos besos que Carlos le daba allí, cuando nadie estaba viendo o quien veía sólo era un voyeurista más en sus caminos. Volvió en sus pasos y dejó atrás el recuerdo, no con el sabor amargo de un beso del ayer, sino con el sabor amargo de haberse mentido por tanto tiempo, simulando un amor que no sentía y si una necesidad de compañía increíble, porque mientras caminaba se empezaba a sentir segura, recibiendo un calor extraño del sol que odiaba pero que hoy le sonreía amarillo clarito.

Llegó treinta minutos tarde a clase, y otros treinta a la reunión previa con sus compañeros de exposición. Ellos, a su manera, la conocían, y si el rumor, que ya daba vueltas en el campus sobre su separación con Carlos era cierto, sabían que ella no llegaría con la cabeza para una nota final. Sus amigos estaban cansados de salvarla, pero lo hacían y lo seguirían haciendo.

Los últimos detalles estaban listos y se los hicieron saber, ya cada estudiante tenía su turno y el momento de su exposición había comenzado. Cerró los ojos con temor, esperando no ser un fantasma invisible al hablar, por primera vez en su vida quería ser escuchada, vista y reconocida para saber como la iban a reconstruir sus compañeros y así, empezar a armar su reflejo de nuevo.

Buenos días, se le escuchó decir a la clase. Nadie se asustó.

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