5.1.15

Ayer fuimos al mercado de las pulgas.

Es una maravilla cuando empiezas a ver el valor que tienen las cosas, no importa incluso si aprendiste su valor cuando ya no las tuviste cerca. Yo, por ejemplo, aprendí a valorar mis fines de semana. 

Desde abril del 2014 empecé a trabajar en un lugar de retail sábados, domingos y festivos, sí, aquellos días de la semana dedicados a descansar fueron mis días de trabajo. Claro, al inicio fue difícil. Me dolían las piernas porque no estaba para nada acostumbrada a estar tanto tiempo de pie, y llegaba a casa los domingos cansadísima deseando dormir hasta el siguiente fin de semana. Pero nunca fue así. Tuve que aprender a equilibrar tanto tiempo libre entre semana, durante la universidad y su ajetreo. Tuve que aprender a dejar que el fin de semana pasara, a no estresarme tanto y a llegar los domingos a terminar trabajos para, claro, el lunes siguiente. (Me cuesta aún organizar b-i-e-n mi tiempo)

De todas formas pasó el primer semestre del año y el siguiente fue mucho más ligero, me divertí más en el trabajo aunque se volviera un poco una tortura por la llegada de nuevos jefes. En fin, ahora que tuve la oportunidad de renunciar para empezar a trabajar en mi verdadero campo laboral (soy profesora de inglés, yeah!) tuve mi primer fin de semana libre.

Sí, tuve mi primer fin de semana libre (l-i-b-r-e) en nueve meses, y tuve que disfrutarlo. Tenía muchas ganas de ir al mercado de las pulgas y ayer fuimos, no sin antes hacer un recorrido en la ciclovía por rutas que no conocía (shame on me) y conociendo un nuevo lugar de donuts en Bogotá, Krispy Kreme. Son deliciosas, caí en sus redes. 

En fin, ayer fuimos al mercado de las pulgas y hubo tantas cosas que nos recordaron nuestra infancia, demasiadas, incluso no esas tan obvias como awww mira a Mufasa! o algo así. Chico Calvin por ejemplo encontró un carrito del tamaño de un borrador con el que él recordó que jugaba cuando era pequeño, que podía desarmar, quitarle las rueditas (me lo mostró como tres veces de lo maravillado que estaba) y sin más, lo alegró mucho.

Después de esa visita le encuentro valor a mis fines de semana, pero también a mi adultez. Sé que mi infancia es una de mis mejores etapas de la vida, pero sé que niña no soy. No del todo. Soy grande, pienso un poco más que cuando era peque, y en definitiva a veces me cuesta imaginar que una escoba es un caballo para galopar. Aún así, me quiero dar el lujo de valorar mi adultez, esta étapa de libertad, donde no dependo de mis padres para salir segura a la calle, donde puedo elegir que la escoba sea más que un caballo, y tal vez se convierta en una nave interespacial YWZ7000, donde puedo permitirme soñar y aparte, cumplir mis sueños.

No quiero valorar mi adultez cuando ya se haya ido y sea muy tarde, porque sé que esa es mi historia con mi infancia. Yo también la valoré cuando ya no la tuve, por querer correr a ser grande. El 2015 empieza con mis mayores responsabilidades como adulta, y pienso disfrutar el recorrido. ¡Venga, 2015, voy a por ti!

(estoy viendo videos españoletes y coño que se me han quedado cosas, joder)

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