14.5.12

Por ahora.

Le conté a mamá sobre el comentario de mi hermano. No sé, no sé por qué. No porque seamos familia, eso no viene al caso. Sentí esa necesidad de presentar una queja con alguien que podría, podría importarle, sin embargo su rostro inexpresivo me dejó con todas las dudas en la piel. Ni siquiera dudas sobre lo que le conté, la inoportuna pregunta de mi hermano (que ni fue directamente hecha a mi, pero que tuve la desdicha de escuchar). Igual, no estoy sorprendida conozco mis dudas y mis límites. Lo que me asusta es lo mucho que me conozco y cuántos paradigmas giran alrededor de eso que soy. Esa yo que hace y deshace y sabe que siempre hará y deshará (?) porque se conoce pero que no sabe por qué, por qué hará o dejará de hacer de esa manera. Aprendí, entre tanto escarbar y observar, aprendí a dejar de vivir con algunos miedos y culpas. Porque un día, una noche fría, jodidamente fría y con el peso de dos malísimas noches en mi cabeza, y muchas, muchísimas copas de algún vino en mi sistema me prometí no sentir culpa y la quemé. La poca que quedaba entre vino y sueño la quemé en un papel que se fue rápidamente de este lugar para volverse humo que tuve cuidado de no respirar, no fuera que la culpa quemada volviera a mi sistema por medio de mi respiración. Tengo mis miedos aún, esos que me retan a joderme la vida un poquito más día a día (por aquello de no querer una vida fácil, por eso digo joder, espero entiendan)

Me siento en un extraño sueño, no sé si es el exceso de comida en mi ser. Me siento asqueada y sé que es del mundo. Hoy me levanté con ese sabor y sí, quisiera culpar a los residuos de sangre que tengo por la cirugía, pero es que este sabor a hierro va más allá de la sangre que a veces sale (o qué sé yo, en otra vida seré odontóloga), pero no, no puedo culpar eso, este sabor amargo que no me deja en paz y me produce asco de todo lo que estoy viendo. Sorpresa, es como si tuviera sinestesia de la mala, que cada acto que veo en la calle produjera en mi boca un sabor, y que lastimosamente en la calle no se vean cosas bonitas. Ni se escuchen. Que me obligue a cantar en un bus porque me estresa la voz de la mujer que habla al lado mío y me produce un sabor asqueroso que no puedo pasar, porque ya no tengo nada que beber en mi maleta.

No sé, hoy quiero escribir y las palabras salen como se les da la gana, al parecer. Yo las quiero dejar salir y ojalá pudiera entender algo. Tal vez me siento igual de perdida a usted y eso, al menos, nos hace juntarnos en nuestra ignorancia para hacernos compañía. Me gusta, ya estoy cansada de estar sola. Por ahora.

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