5.1.16

Dos mil dieciséis. Enero.

Tengo miedo. Sé que soy más grande que este cuerpo que tengo y sin embargo tengo miedo. Precisamente miedo de esa grandeza porque este mundo me ha querido enseñar a ser chiquita, a sentirme débil, frágil. Tengo miedo porque no conozco mi grandeza. O tal vez, no la reconozco. En algún punto de este gran viaje que es la vida, viví siendo tan poderosa y grande como puedo llegar a ser pero luego decidí instalarme en este cuerpo para vivir unas y muchas experiencias que me llevaran a reconocer mi poder.

Me traje a mi misma a este espacio en donde el poder y la grandeza se han cedido a otros cuerpos, otras mentes, otros seres y se me ha vendido la idea de que así fue, es y será para siempre. Escogí un escenario difícil pero no imposible para entender esta misión. Algunos le llaman dios, otros dioses, otros diosa, unos deciden pensar en su tal hijo Jesús y otros deciden confundirlo con Cristo. Están los que lo enredan con el espíritu santo y están tan cerca pero tan lejos de entenderlo. Yo no sé cómo llamarlo y en este momento decido no darle nombre, para no limitarlo. Solo sé que eso es tan grande como yo y me tiene aquí en un escenario para aprender, para evolucionar.

El problema ha sido identificarme con el escenario, con la película que he estado proyectando, tanto así que tengo miedo porque al final sé que todos mueren, incluyendo este cuerpo que tengo, y me he metido tanto en la película que he creído que soy tan efímera como el cuerpo que habito. Tengo miedo porque en la película aprendí a temerle a lo desconocido. Pero ahora me doy cuenta que la mentira ha sido creer que mi grandeza es desconocida.

Voy a ver la película, entendiendo que en realidad, no soy ella. Yo soy eterna.

No hay otra verdad. Y a la verdad, no le tengo miedo.

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