9.8.16

Fuego.

La casa ardía. Se sentía el fuego infernal aunque no se viera nada. La casa ardía y yo no sabía qué hacer. No me importaba que se quemaran las cosas, esas cosas que se pueden conseguir después aunque por pura semiosis no se sientan igual por todos los significados que como humanos naturalmente le damos a ellas.

No sabía qué hacer porque la pregunta ya estaba echada, después de salvar a tus seres queridos y mascotas, ¿qué más salvarías de ese fuego?, yo sabía que sólo me bastaba salir un poco, agarrar mi bici y huir de ese fuego. Pero, ¿y si tu ser más querido sigue allí, en el fuego?, ¿si quieres liberarlo de allí y no sale, no quiere salir? No sabía qué hacer porque de todo lo que puedo llegar a ser nunca me he considerado un bombero.

Y entiendo lo que el fuego puede hacer, entiendo el poder de transformación que tiene, pero no entendí su decisión de quedarse allí, inmóvil, muriendo en ese fuego. Abogué a ese poder transformador, abogué al amor y por qué no, abogué al miedo también para moverme. Abogué por su salvación y por ende, la mía. Agarré mi bici y le dejé en el fuego. Esperé, confié y dejé que lo transformara.

Sí, con mucho miedo salí, el típico miedo que tengo y disfrazo de rabia y frustración. De patadas y puños a la pared, ese mismo miedo me acompañó. Después de unas horas, me acompañó él, después de dejarse quemar o huir de allí. No sé.

Una parte de mí espera que se haya quemado, que se haya transformado. Así todo habrá valido la pena.

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